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11/23/2008 Hace falta una RepúblicaHace
falta una República
¿Por qué hace falta una república? El
sistema de gobierno perfecto no existe, pero el mínimo que podemos y
debemos exigir es aquel en el que el pueblo sea el verdadero
soberano, aquel en dónde todos y cada uno de los integrantes de la
sociedad puedan elegir libremente lo que quieren... y lo que no
quieren, un sistema en donde lo primero sean las libertades y los
derechos de los ciudadanos, que deben tener su base en los derechos
humanos que poseen todas y cada una de las personas que viven en el
mundo, y que tantas veces, por una causa o por otra se ven vulnerados
en nuestro sistema actual. En el caso particular de España, hablamos actualmente de un sistema democrático, supuestamente liberal, con una monarquía como telón de fondo. Es lo que se podría llamar una monarquía democrática, que si echamos mano del significado de ambos conceptos, veríamos como se contraponen el uno al otro. Desde el comienzo de los tiempos, la monarquía había sido concebida como un sistema de gobierno totalitario y absolutista, en el que todo el poder de una nación residía en la voluntad de un único individuo, el cual tenía el poder absoluto para hacer y deshacer a su antojo, sin tener nunca la necesidad de dar explicaciones sobre las decisiones que tomaba. Esta era la actitud sobre todo de los reyes medievales. ¿Pero quién elige a un rey, y cómo lo hace? Desde siempre, en las naciones monárquicas, nadie ha preguntado nunca al pueblo a quién querían como rey, ni si les parecía bien o mal su política de gobierno. El trono de una nación siempre ha estado ligado a una familia, una dinastía, el cual iba siendo heredado de generación en generación por los miembros de la misma familia, generalmente, por el hijo mayor del rey vigente. ¿Pero quién tiene potestad para afirmar que ese rey es el más adecuado? ¿quién tiene el criterio suficiente para decir que su hijo es el sucesor más idóneo? Estas cuestiones quedan sin respuesta o simplemente asentimos la idea de que “el rey es el que tiene potestad absoluta para elegir a su sucesor”. ¿Y
es justo esto? ¿es justo que valga más el criterio de un único
individuo que el de toda una nación? ¿es justo que no se tenga en
cuenta la voz del pueblo? Es
cierto que a lo largo de la historia ha habido reyes mejores y
peores, unos más capacitados para gobernar y otros menos, unos que
tenían más en cuenta a su pueblo y otros más egoístas que solo se
tenían en cuenta a sí mismos, asimilándose su imagen a la de los
dictadores, como también es cierto que nunca ha sido una forma justa
de gobernar una nación. En
la Edad Media, la imagen del rey era algo superior, supremo, casi
divino, se le tomaba como al único y absoluto representante de un
pueblo, lo que le otorgaba el poder de gobernar en la forma en la que
creyese conveniente sin rendir cuentas a nadie, cosa a la que ayudaba
más que el pueblo fuese analfabeto, pues un pueblo sin conocimientos
no tendría criterio para juzgar la labor del rey, sino que
simplemente se limitaría a aceptar y obedecer sus leyes, ya fuesen
buenas o malas, más justas o menos justas. España, tradicionalmente, ha sido una nación monárquica, en la que el trono ha ido pasando de generación en generación desde la Reconquista, desde el mandato de los Reyes Católicos hasta la actualidad con Juan Carlos de Borbón. Monarquía solamente interrumpida en los periodos de 1873 a 1874 con la Primera República, de 1931 a 1939 con la Segunda República, y de 1939 a 1975 con el régimen franquista. La
monarquía en España comenzó siendo de carácter absolutista, que
pasó a ser monarquía parlamentaria al convertirse España en un
estado liberal, pero varias veces se ha cambiado el carácter
parlamentario liberal por el absolutista, primero en 1815 con la
restauración absolutista de Fernando VII, y después en 1823, con la
intervención de la polémica Santa Alianza. Aparte
de que desde los principios de la monarquía española ha habido un
remarcado carácter absolutista, uno de los miembros de la dinastía
borbónica, Carlos María Isidro, fue el precursor del llamado
movimiento carlista, de acentuado carácter tradicionalista,
antiliberal y antirrevolucionario, muy cercano a la ideología de
extrema derecha, y que tenía entre sus misiones pendientes restaurar
la Inquisición, si bien después se produjeron escisiones dentro de
los seguidores del carlismo que se tornaron en socialistas y hasta se
enfrentaron al régimen franquista en el siglo XX. No obstante, el
sector más conservador del carlismo, se agrupó en un frente más
extremista, hoy conocido como Comunión Tradicionalista Carlista, en
la que participaron miembros del franquismo y la Iglesia, y cuya
misión es implantar un sistema monárquico y foralista con la
Iglesia católica como cimiento principal de dicho sistema.
Actualmente,
y desde la constitución española de 1978, en España está presente
la monarquía parlamentaria, un sistema de gobierno con muchas
lagunas, entre ellas la de mantener a un rey (y a toda la familia
real) sin ningún tipo de poder en el gobierno de la nación, ningún
tipo de jurisdicción sobre el pueblo, un papel que no va más allá
de lo meramente simbólico. El problema es que ese símbolo tiene un
elevado coste para los ciudadanos, pues hasta en la más minúscula
transacción económica existe un impuesto añadido destinado a la
familia real. Y es aquí donde se percibe la falta de libertad, pues no todos los ciudadanos residentes en España desean que una parte de sus sueldos estén obligatoriamente destinadas a los lujos de la familia real, más cuando existe un gran número de familias en España con serias dificultades para llegar a fin de mes, u otras que ni siquiera tienen un techo bajo el que cobijarse. Y
mi pregunta ahora es la siguiente: ¿en qué son mejores unos que
otros? ¿por qué unos merecen que todo un estado les proporcione una
vida de lujo y otros ni siquiera ser mirados mientras se mueren de
hambre en las calles? ¿cuál es la razón? ¿un apellido? ¿haber
nacido en un lugar concreto? El hecho de que los reyes medievales solo sean parte de la historia, de que los actuales solo tengan un papel simbólico en el estado, y de que sean los ciudadanos de a pie los que tengan que mantener con su sueldo a dichos reyes y a toda su descendencia, saca a relucir una clarísima conclusión: la monarquía es completamente absurda. Si las antiguas monarquías absolutistas eran injustas, la actual monarquía en España es sencillamente absurda. No tiene sentido alguno que tengamos que “regalar” parte de nuestro sueldo para que el rey pueda disfrutar de un yate más grande y más lujoso, por poner un ejemplo. Pocos son los ciudadanos corrientes que pueden permitirse ese tipo de lujos, para encima tener que costeárselos a otros. Nadie
merece ser rey ni puede mirar a nadie con aires de superioridad por
apellidarse Borbón. Sólo los hechos de una persona son los que le
merecen reconocimiento. Y
si a esta conclusión le añadimos la actual situación de crisis
económica a nivel mundial, se acentúa aún más la idea de que la
monarquía debe pasar a mejor vida. La economía mundial se balancea
diariamente, por lo que hoy menos que nunca podemos permitirnos el
lujo de mantener a un rey y a la familia real, porque los principales
perjudicados del desastre económico siempre serán los mismos, los
ciudadanos. Este es uno de los mayores motivos por los que hace falta una República. No necesitamos ningún rey. No tenemos necesidad de regalar a ningún individuo lo ganado con nuestro sudor por el simple hecho de llevar un determinado apellido. No necesitamos que nadie nos dirija los pies. No necesitamos a nadie que piense por nosotros. Necesitamos que sea el pueblo el que se dirija a sí mismo, necesitamos autodeterminación. Necesitamos un pueblo con voto además de voz, un pueblo autónomo, un pueblo que sea el que tome sus propias decisiones respetando la libertad de expresión y de pensamiento, no a unos beligerantes políticos más preocupados en dar mala imagen del partido contrario y llenarse los bolsillos que en escuchar a los ciudadanos. Necesitamos
una nación en la que todo el mundo tenga los mismos derechos y las
mismas oportunidades para todo y ante todos, donde nadie tenga más
razón que nadie por gritar más alto, y donde nadie pueda utilizar
su poder o posición para abusar de nadie.
Otro
de los grandes motivos para constituir una nueva República es la
necesidad de construir un nuevo futuro para España, y enterrar de
una vez la sombra del franquismo que aún flota en la memoria de la
nación. 36 años de dictadura militar de carácter ultraconservador y ultracatolicista, cimentados en una base de ideología fascista, sembraron en España una ingente cantidad de prejuicios éticos y morales a los que se unieron la ausencia total de libertad y autonomía para los ciudadanos, derechos que se encontraban bajo el yugo de una asfixiante represión. En el régimen franquista se quiso implantar por la fuerza un estado fervientemente católico, heredándose los prejuicios morales de la Iglesia más conservadora y llevados hasta el extremo obligando a todo ciudadano a recibir formación católica y guardar una escrupulosa “decencia” que en caso de ser ignorada públicamente podía estar penada con la cárcel, y en algunos casos extremos con castigos físicos llevados a cabo por los “agentes del orden”. No deja de ser curioso que se considerara indecente que una pareja se besaran en público y luego fuese decente fusilar al que piensa de forma distinta... Eso
sin mencionar la fe ciega que había que tener en el caudillo y en
“la misión que Dios le encomendó de librarnos del comunismo,
el marxismo y la masonería”, según palabras textuales de los
afines al régimen. Este tipo de prejuicios, basados en las directrices de la Iglesia católica y alimentados por el miedo y la represión, dio lugar al florecimiento de actitudes muy intolerantes en el grueso de la sociedad española, tales como el machismo, la homofobia o la xenofobia, además del renacimiento del viejo prejuicio del “qué dirán...?”. La mezcla de todo este cóctel dio lugar a una sociedad dominada por la hipocresía. Por
desgracia, estos prejuicios aún siguen latentes en la sociedad
española actual. Por ello se necesita un sistema liberal, equitativo
y progresista que empuje a España a la evolución social y cultural,
que lo convierta en un país abierto a todo y a todos. Entre otras cosas, en el franquismo también se fomentó mucho el clasismo, de forma que quedara claro desde el principio quiénes iban a ser los privilegiados y a quiénes les tocaría tragar y callar. Por
regla general, la clase privilegiada del franquismo estaba compuesta
por el clero, los nobles, la burguesía más conservadora, y el
ejército, los cuales solían tener actitudes de suma superioridad
respecto a la “clase baja”. La
clase desfavorecida, compuesta generalmente por campesinos y
jornaleros, que comprendían la mayor parte de la población de la
España de aquel entonces, las familias de clase media-baja, y los
que los franquistas llamaban “los del otro bando”, eran los que
solían sufrir las consecuencias de la represión, la miseria y el
hambre. En
líneas generales, era una sociedad ampliamente descompensada, en la
que la mayor parte de la población subsistía, mientras el reducido
grupo de gente afín al régimen eran los únicos que disfrutaban de
una vida decente y de unos derechos que al resto se les negaba. Ha
llegado el momento de levantar la voz, de exigir justicia, exigir una
sociedad con igualdad de oportunidades para todos. Ha llegado el
momento de mirar hacia delante, de buscar en el progreso la evolución
estancada en los años del franquismo. Es urgentemente necesario que
se modifique una Constitución que nos dio como “Jefe del Estado”
a un heredero del franquismo como es Juán Carlos de Borbón. Ha
llegado el momento de recuperar aquello que los ciudadanos españoles
eligieron democráticamente en 1931 y que les fue arrebatado por la
fuerza en una guerra que nunca debió empezar. El momento de volver a
construir una España más plural, más moderna y más desarrollada. No
es una cuestión de banderas (pese a todas las que aparecen aquí),
sino de ideales, una cuestión de derechos, porque nuestra bandera
únicamente es la de la Libertad. Viva la República!
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